Suscríbete a nuestra Conexión Nuevo Nacimiento
Te damos la bienvenida a nuestro espacio de devocional diario, un rincón diseñado para detener el ruido del día y centrar el corazón en las promesas de las Sagradas Escrituras. En la Iglesia Metodista Nuevo Nacimiento, creemos que cada jornada es una oportunidad para experimentar el 'arte de vivir desde la comunión', basando nuestra esperanza en las lecturas del Leccionario Bíblico y las enseñanzas de Jesucristo. Aquí encontrarás reflexiones cristianas breves y profundas que te acompañarán en tu crecimiento espiritual, brindándote la fortaleza necesaria para enfrentar los desafíos cotidianos con una fe íntegra y renovada.
“Oísteis que fue dicho a los antiguos: No matarás; y cualquiera que matare será culpable de juicio. Pero yo os digo que cualquiera que se enoje contra su hermano, será culpable de juicio...” (Mateo 5:21-22). En este segmento del Sermón del Monte, Jesús profundiza en la ley, mostrando que la verdadera justicia no se queda solo en evitar acciones externas, sino que la santidad comienza en el corazón y en las pequeñas cosas del día a día.
Sabemos que en muchas ocasiones pensamos que vivir conforme a Dios es únicamente cumplir reglas externas, pero el Señor nos llama a un compromiso más profundo. No basta con no matar; debemos alejarnos de la ira injustificada, del resentimiento y del desprecio hacia los demás. No se trata solo de nuestras acciones sino también de nuestras motivaciones y palabras.
Por ejemplo, recordemos el caso de Laura y Andrés, una pareja que trabaja en la misma empresa. Una situación sencilla: Andrés llega tarde a un proyecto que afectó también a Laura. En vez de expresar su molestia con calma, ella le lanzó palabras duras y se guardó resentimiento durante días. Aunque no hubo una acción violenta, esa ira silenciosa comenzó a desgastar su relación, creando distancias que parecían pequeñas pero que iban creciendo. En el momento en que ambos decidieron sincerarse y buscar perdón, entendieron que la voluntad de Dios los llama a vivir en gracia y reconciliación, no solo en evitar conflictos mayores.
Jesús también nos habla sobre el valor del respeto en nuestra palabra. Nos exhorta a no jurar en vano ni a buscar justificaciones en juramentos, porque la integridad debe ser evidente en lo que decimos. Esto nos invita a vivir con una honestidad transparente, sin necesidad de reforzar nuestras palabras con promesas grandilocuentes. Es esa coherencia la que testifica verdaderamente en nuestro entorno.
Es fundamental recordar que nuestras relaciones diarias, sean en la familia, el trabajo o la comunidad de fe, son el espacio donde la santidad puede manifestarse con poder. Jesús nos llama a una transformación que se refleja en una vida que respeta, sana y construye puentes, porque la gracia que él nos ofrece anhela producir en nosotros un amor activo y tangible.
Hoy, mientras reflexionamos en estas enseñanzas, podemos preguntarnos cómo tratamos a quienes nos rodean. ¿Permitimos que la ira silenciosa o las palabras sin control influyan en nuestras relaciones? La invitación es a entregar esas situaciones al Señor, pidiendo que su Espíritu renueve nuestro interior y transforme nuestras actitudes para que vivamos una fe que brille a través de pequeños gestos diarios.
La santidad que Jesús enseña no es una carga, sino una oportunidad para experimentar paz, reconciliación y amor verdadero en medio de nuestra rutina. Recordemos que, aunque las tentaciones y los desafíos aparecerán, con el apoyo de Dios podemos vivir vidas reflejando su justicia y su amor inagotable.
Abrazar esta enseñanza es vivir la gracia que renueva, y así como Laura y Andrés encontraron restauración, todos podemos ser instrumentos de paz y bendición donde Dios nos ha puesto a cada uno.
Recomendación de Hoy, Lee Mateo 5:21-37
“Cuando vio la multitud, subió al monte; y sentándose, se le acercaron sus discípulos. Y abriendo su boca les enseñaba, diciendo: Bienaventurados los pobres en espíritu, porque de ellos es el reino de los cielos. Bienaventurados los que lloran, porque ellos serán consolados. Bienaventurados los mansos, porque ellos heredarán la tierra. Bienaventurados los que tienen hambre y sed de justicia, porque ellos serán saciados. Bienaventurados los misericordiosos, porque ellos alcanzarán misericordia. Bienaventurados los limpios de corazón, porque ellos verán a Dios. Bienaventurados los pacificadores, porque ellos serán llamados hijos de Dios. Bienaventurados los que padecen persecución por causa de la justicia, porque de ellos es el reino de los cielos.” (Mateo 5:1-12, RVR1960)
Estas palabras que Jesús pronunció en el monte son un tesoro de sabiduría eterna que revela cómo Dios valora el corazón y la actitud del creyente. No se trata de bendiciones materiales o éxitos visibles al mundo, sino de una profunda transformación interna que conduce a la verdadera bendición y felicidad. En una época donde la búsqueda de poder, reconocimiento y placeres momentáneos parece dominar, Jesús nos presenta un camino contrario: la humildad, la mansedumbre, la justicia y la misericordia.
Imaginemos a Ana, una vecina que conocemos. Trabaja en un pequeño negocio familiar y enfrenta días difíciles con escasos recursos, pero siempre con una sonrisa dispuesta a ayudar. Ella no se lamenta, aunque muchas veces llora en privado por los problemas y necesidades de su familia y comunidad. Ana tiene un corazón limpio, humilde y busca hacer el bien, incluso cuando es ignorada o maltratada. A pesar de las dificultades, siempre está dispuesta a perdonar y buscar la paz con quienes la rodean.
La vida de Ana encarna las bienaventuranzas. Su pobreza en espíritu no es un déficit, sino un reconocimiento sincero de que depende de Dios y no de sus propias fuerzas. Sus lágrimas muestran su sensibilidad ante el sufrimiento, y su mansedumbre su fuerza interior. Su hambre y sed de justicia le impulsan a actuar con justicia, y su misericordia se refleja en su trato con otros. Ana será saciada, consolada y reconocida por Dios, no porque le falte nada terrenalmente, sino por su fidelidad y amor en medio de pruebas.
Este pasaje nos desafía a mirar dentro de nuestro propio corazón: ¿Dónde estamos posicionados? ¿Buscamos el reino de los cielos con actitud humilde, justa y misericordiosa o seguimos los valores efímeros del mundo? Las bienaventuranzas no prometen ausencia de problemas ni gloria inmediata, sino que nos aseguran la bendición de Dios y nos muestran que esta vida es una preparación para una herencia eterna.
Recordemos que la gracia de Dios no nos llama a la pasividad, sino a la santidad práctica; a vivir el amor que transforma realidades, tanto personales como comunitarias. La bendición viene cuando somos sal y luz en medio de la oscuridad, cuando defendemos la justicia, consolamos al afligido y extendemos la mano al necesitado, siguiendo las huellas de Cristo.
Que cada día podamos inspirarnos en estas palabras de Jesús, viendo en ellas un camino posible y prometedor para nuestra vida diaria, donde la gracia y la transformación nos conduzcan a amar más y vivir con esperanza verdadera.
Recomendación de Hoy, Lee Mateo 5:1-12
Cuando leemos Mateo 4:12-23, contemplamos un momento crucial en el ministerio de Jesús. Él inicia su obra después de que Juan fue encarcelado, y comienza a proclamar: “Arrepentíos, porque el reino de los cielos se ha acercado.” Este mensaje, sencillo pero poderoso, invita a un cambio profundo en la vida de quienes lo escuchan. Jesús, caminando junto al mar de Galilea, llama a Simón Pedro y a su hermano Andrés, quienes dejaban sus redes, y también a Jacobo y a Juan, hijos de Zebedeo, a seguirle. Lo extraordinario no es solo que les haga este llamado, sino que ellos respondan de inmediato, abandonando sus ocupaciones, sus seguridades cotidianas, para seguir a Aquel que les ofrece un propósito eterno.
Esta escena nos invita a preguntarnos: ¿qué redes debemos dejar nosotros para seguir a Jesús con fidelidad? En el contexto contemporáneo, nuestras redes pueden ser tanto simbolismos como realidades concretas: hábitos que impiden un servicio genuino, miedos que paralizan, o prioridades equivocadas que nos alejan del llamado del reino. La historia de Marta, una mujer que diariamente atendía su rutina laboral y familiar, nos ayuda a entender esto. Marta acostumbraba a ocuparse de todas las tareas diarias sin descanso, muchas veces atolondrada y distante de la comunidad de fe. Un día, convencida por una amiga, decidió asistir a la reunión de oración del grupo juvenil. Allí, escuchó palabras sobre la llamada a vivir una vida diferente, más plena y entregada. Esa experiencia la hizo reflexionar sobre sus “redes” personales: sus preocupaciones, la rutina agotadora y el orgullo de hacer todo sola. Poco a poco, Marta comenzó a soltar esas cargas, aprendiendo a confiar en Dios y a compartir servicio con otros. Así, su vida se transformó en un testimonio concreto de seguir a Jesús con desprendimiento y alegría.
El llamado de Jesús a sus primeros discípulos y a nosotros hoy es un llamado a la acción, a la entrega sincera y a la conversión diaria. No es solo un cambio externo, sino una transformación del corazón, que impulsa a vivir bajo la gracia de Dios, buscando santidad práctica al amar al prójimo y anunciar el evangelio con obras y palabras. Seguir a Jesús es renunciar a una vida cómoda que solo piensa en uno mismo, para abrazar un proyecto de vida que culmina en la plenitud y la paz que solo Él puede dar.
Cada mañana, al abrir los ojos, podemos preguntarnos qué redes nos están deteniendo y qué decisiones podemos tomar para responder con valentía al llamado de Cristo. Así como Pedro y Andrés dejaron sus redes para pescar personas, podemos dejar nuestras seguridades para construir comunidades de fe renovadas, donde el amor y la esperanza se manifiesten de manera visible.
Que este pasaje nos impulse a vivir con firmeza y confianza, desprendiéndonos de lo que nos limita, y redescubriendo el propósito sublime que Jesús tiene para cada uno. Recordemos que seguir a Jesús es una experiencia viva y transformadora que se renueva cada día en la disposición de escuchar su voz y actuar según su voluntad.
Recomendación de Hoy, Lee Mateo 4:12-23
«El siguiente día ve Juan a Jesús que venía a él, y dijo: He aquí el Cordero de Dios, que quita el pecado del mundo.» (Juan 1:29) Estas palabras de Juan el Bautista nos invitan a mirar a Jesús desde una perspectiva profunda y transformadora. Jesús no es solo un maestro o un profeta; es el Cordero de Dios, enviado para quitar el pecado del mundo, para darnos la oportunidad de una vida nueva y plena. En el relato bíblico vemos cómo Andrés, al escuchar a Juan, decide seguir a Jesús y lo presenta a su hermano Simón, mostrando cómo el encuentro con Cristo no puede quedarse solo para uno, sino que se comparte y se multiplica. Hoy en día, esta invitación sigue vigente: Jesús nos llama personalmente a seguirle, a dejar atrás las cargas del pecado que nos pesan y a vivir bajo su gracia y amor.
En un barrio de nuestra ciudad, conocí a Clara, una mujer que había vivido atrapada en malos hábitos y relaciones destructivas. Un día, alguien le habló de Jesús como el Cordero que quita el pecado, no para condenar sino para liberar. Al principio, Clara no entendía bien qué significaba eso, pero cuando decidió acercarse a la comunidad cristiana, comenzó un proceso de cambio. Al igual que Andrés llama a su hermano para que también conozca a Jesús, Clara compartió su experiencia de encuentro con Jesús con sus amigos y familiares. Ese camino no fue fácil, pero la confianza en que Cristo puede transformar cualquier vida le dio esperanza y fuerza para avanzar. Su testimonio nos recuerda que el llamado de Jesús es para todos y que responder a Él es el primer paso hacia una existencia renovada.
Nuestro mundo hoy necesita desesperadamente personas que reconozcan a Jesús como el Cordero de Dios y se atrevan a seguirle con fe y valentía. No importa cuál sea el peso de nuestro pasado, ni las dudas que tengamos, porque en Jesús contamos con un Salvador que nos ofrece perdón y una vida nueva. La invitación está abierta: dejemos los miedos y las excusas atrás y respondamos al llamado con el corazón dispuesto a ser transformado. Que en nuestras palabras y acciones reflejemos ese amor que hemos recibido y, al igual que Andrés, seamos testigos y portadores de la buena noticia para quienes nos rodean.
En medio de la rutina diaria, recordar que Jesús es el Cordero que quita el pecado del mundo puede ser el aliento que necesitamos para seguir adelante. Que cada día podamos decir con convicción como Juan el Bautista: “He aquí el Cordero de Dios”, reconociendo en Él la fuente de nuestra esperanza y la fuerza para vivir en santidad y servicio al prójimo.
Recomendación de Hoy, Lee Juan 1:29-42